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"Chema Madoz 2000-2005"
Borja Casani

Toda materia está llena de sentido y su lugar en el mundo le da significado. Chema Madoz trabaja con el sentido de las cosas como si se tratara efectivamente de materia. La tarea de materializar el sentido es sin duda un ejercicio poético y, por ello, quisiera resaltar en primer término que se trata de una obra que produce una percepción esencialmente poética. Madoz utiliza los objetos y su representación gráfica como si fueran palabras de un vocabulario nítido.
Analizando el azaroso mapa de señales que emiten las cosas desde el lugar que ocupan en el mundo, Madoz individualiza y desordena, confronta y manipula hasta conseguir mostrar un nuevo orden, una cara oculta del sentido, una nueva verdad simbólica que resalta por impacto el desorden de la lógica. Las cosas, los objetos, situados en un nuevo lugar, desnudos del entorno natural donde realizan su función, están ante la cámara emitiendo otras señales diferentes. Convertidos en signos están ahora literalmente hablando. O mejor, son imágenes que están literariamente hablando. Porque partiendo de la estética de la semejanza y la vecindad de referentes, Madoz desplaza el sentido natural de los conceptos a otras comprensiones explotando al máximo sus capacidades simbólicas y resolviendo su discurso con figuras y tropos de honda relación con el lenguaje: analogías, metáforas, paradojas o metonimias visuales que ofrecen al espectador un juego de percepción poética y le exigen una colaboración activa.
La obra de Madoz tiene, por tanto, una amplia vecindad literaria. Sus composiciones se acercan al poema minimalista y a la contraposición de imágenes poéticas que produce una explosión metafórica que evocan al Mallarmé de "Una tirada de dados nunca abolirá el azar", a los Haikus orientales, cuya estructura combina dos imágenes distintas que finalmente se relacionan en el tercer verso, o resultan perfectamente familiares a las greguerías de Ramón Gómez de la Serna : "La jirafa es un animal alfombrado" o "Entre los carriles de la vía del tren crecen las flores suicidas" o, quizá mi preferida: "Si te conoces demasiado a ti mismo dejarás de saludarte" .
También hay una línea que conecta la obra de Madoz con los artistas que se expresan a través de la ironía objetual como Marcel Mariën o el Marcel Broodthaers de, por ejemplo, Casserole et moules fermées, que el mismo Broodthaers explica de manera tan cercana a la obra de Madoz: "La brusca salida de los mejillones de la cacerola no sigue las leyes de la ebullición, sigue las leyes del artificio y es resultado de la construcción de una forma abstracta". También es conocido su encuentro con Joan Brossa con quién colaboró en un libro en común (Fotopoemario) antes de la muerte de éste en 1998, y su obra ha sido comparada con los poemas visuales del poeta catalán, con el que desde luego comparte un fino sentido del humor y la capacidad de establecer asociaciones entre objetos que producen evidencias, pero Madoz, como ha analizado Castro Flórez, pone su objetivo más allá de la mera presencia del objeto y sus desplazamientos semióticos aportando la dimensión finalmente fotográfica de su obra.
Una fotografía es por naturaleza la captura de un instante efímero. Toda la obra de Chema Madoz tiene esta clara relación con lo efímero. La conjunción lograda no necesita existir ni antes ni después de ser fotografiada. La materialidad de la idea no es el objeto final del trabajo realizado, sino su encuadre; su retrato. Como en la clásica instantánea: su momento exacto.
La resolución fotográfica en blanco y negro aporta también una distancia melancólica. La escala de grises convierte a las cosas en sombras que desvanecidas en un mundo irreal se expresan como fantasmas. Conservan su identidad icónica pero están absortas en un metalenguaje abstracto. Las reconocemos aunque ya no pertenecen a este mundo. Madoz trabaja con las sombras de las cosas y con ello obtiene una elegancia plástica que fusiona toda su obra otorgándole una coherencia formal y le permite realizar un ejercicio quirúrgico de precisión técnica.
Sentido y precisión son elementos decisivos en la articulación de una idea. Madoz es un coleccionista de ideas cuyo rastro se puede adivinar perfectamente observando los extraños objetos desperdigados por su estudio, ahora máquinas solteras. Su sistema de acumulación puede recordar a los gabinetes de curiosidades tan apreciados por los surrealistas; el despacho de André Breton o El Torreón de Gómez de la Serna. Como en las "Acumulaciones" de Arman o los objetos cautivos en las cajas de Joseph Cornell, Madoz ha rastreado el mundo en busca de material significante, pero los objetos que encuentra, que ordena y que construye, no son esenciales en su obra, son sólo los elementos subsidiarios que utiliza para fotografiar una idea.
Chema Madoz trabaja en la delicada frontera que existe entre lo real y lo imaginario. En su obra nos propone un desdoblamiento entre lo existente y la alargada sombra de lo posible, un contrapunto entre la esencia de las cosas y sus significados latentes. El poeta Pierre Reverdy, citado por Eduardo Cirlot en su Diccionario de Símbolos, dice: "La imagen es una creación pura del espíritu. No puede nacer de una comparación, sino de la aproximación de dos realidades alejadas. Cuanto más lejanas y justas sean las relaciones de las dos realidades acercadas, más fuerte será la imagen, y poseerá más potencia emotiva y realidad poética." Curiosamente, Cirlot trae esta cita para analizar la potencia simbólica de lo equívoco. Lo equívoco es lo que contiene intrínsecamente la posibilidad de equivocación. Con las consecuencias que implica. La equivocación genera la percepción instantánea de lo correcto. Llama al restablecimiento del orden, del equilibrio. Pero es en sí misma un camino sin retorno; sus efectos permanecen y crean realidad. Crear imágenes equivocadas incluye la necesidad, según Reverdy, de equivocarte en la medida justa.
En este campo juega Chema Madoz, y lo hace utilizando muchos tonos; los que van desde el humor pop hasta la revelación profunda del lenguaje hermético. Este arco, que Madoz expresa con toda naturalidad, debe tener que ver con el propio espíritu de las cosas que también disponen de lenguaje propio.
Hay objetos que muestran en la obra de Madoz una singular capacidad metonímica a la hora de mostrar transformaciones. Así una piedra, un canto rodado, le sirve para dibujar (una huella, un signo de admiración, un pensamiento), para esculpir (un cactus, un árbol) o para manipular (un globo). En todos los casos la piedra aporta su pesadez y su aparente insensibilidad.
También el tablero y las piezas de ajedrez aparecen con frecuencia en sus imágenes, con ellos elabora toda una refinada gama de juegos dentro del juego, o colocando simplemente el tablero sobre el atril de un piano, consigue establecer una perfecta analogía entre la geometría, la complejidad y la música. Y el tablero está a la altura.
También el agua, las cerillas, los mapas, los relojes, los libros, las cucharas, las notas musicales o diversas herramientas aparecen asiduamente aportando enigmáticos sentidos llenos de potencia simbólica. En unos casos se trata de un único objeto transformado ligeramente; con un leve movimiento oblicuo una tijerita se convierte en un avión a reacción, o la deformación de una horquilla hace de ella un ojo del que brota una lágrima. Mientras en otros, el objeto es paciente de una intervención severa: un sumidero incrustado en el planisferio ofrece una vertiginosa visualización del universo. En ocasiones, sin embargo, se trata de esculturas construidas específicamente para obtener un resultado definido; el alambre que se convierte en un cactus transparente o en una jaula de espino.
Unas veces los objetos aparecen vinculados a otros objetos a través de las formas y otras veces vinculados a través de conceptos.
Hay conceptos a los que Madoz suele recurrir asiduamente: el tiempo con sus medidas y sus miedos; los sentimientos, extrañamente acerados en su obra, como se lee en la carta del cinco de corazones hechos con anzuelos o en la violenta pareja "Tú" y "Yo", o las cáusticas alusiones al consumo, donde utiliza irónicamente los estudiados y contundentes recursos de la fotografía publicitaria.
Muchos de los momentos fotografiados han sido preparados para existir solamente en el instante captado por la cámara, singularmente aquellos obtenidos en la naturaleza (las gotas de lluvia sobre la arena o sobre el agua, la nube capturada en la jaula para pájaros, las notas musicales como frutos en las ramas, el paso de cebra de hierba para cruzar el camino. ). La naturaleza está viva, está en acción. Todo lo que se construye sobre ella se transforma. El carácter efímero de estos trabajos recuerda a los earthworks de Andy Goldsworthy o Richard Long que una vez fotografiados quedan al albur de los avatares climáticos que poco a poco los van difuminando hasta que queda borrada cualquier huella.
También pertenecen a este orden los trabajos realizados con cubitos de hielo cuya efímera existencia sirve a Madoz como metáfora del éxito, la suerte o el regalo.
Una parte muy importante de su obra son esculturas o instalaciones que podrían perfectamente exhibirse en un espacio expositivo en su verdadera condición física. Madoz nos las muestra fotografiadas. A este concepto responden, por ejemplo, muchas de las piezas realizadas con instrumentos o escrituras musicales: los platos y el chaston de una batería resueltos con discos de vinilo, la partitura instalada en un pórtico de iglesia, el violonchelo-remo. que pertenecen a un universo paralelo al de Christian Marclay, artista que centra su trabajo en la música y el sonido, y que produce su obra, a diferencia de Madoz, indistintamente en formato fotográfico, en instalaciones y esculturas, en vídeo e incluso en acciones en vivo.
También pertenecen a este campo las escenografías construidas por Madoz donde la luz se refleja sobre un plano: la delicada pieza donde el poema "Elogio de la sombra" de Tanizaki aparece iluminado por la luz de una ventana, o la luna reflejada en el telón, o las tiras de negativos impidiendo la entrada de la luz. Misteriosas imágenes cargadas de suspense y evocación. O la escalera que se apoya en la muleta. Todas ellas escenas fotografiadas, cautivas en el encuadre informador.
Cierto es que, en general, tenemos una información básicamente fotográfica de la actualidad del arte contemporáneo. Lo conocemos a través de su fotografía. Sea cual sea el recurso técnico y el formato de exhibición en el espacio expositivo, la documentación que recibimos y que finalmente queda globalmente disponible de la totalidad de las obras es la de su reproducción fotográfica. Así, aunque alguna vez hemos visto durante unos minutos las piezas de Robert Gober donde unas piernas con zapatos se extienden cortadas por la pared con velas sobre los muslos o tatuadas, o sus madozianos corralitos de niño deformados, al final lo resultante de ellas es la fotografía de un objeto que expresa para el entendimiento subjetivo la idea de abyección, de trauma o de herida. Potencia simbólica fotografiada.
Hay muchos artistas que trabajan como en una mesa de ping-pong y juegan a ambos lados sucesivamente, confrontando polos entre iconos de lo prosaico y de la alta cultura. Gran parte del arte actual responde a las palabras de Georges Bataille: "Está claro que el mundo es pura parodia. Todo lo que vemos en él es la parodia de otra cosa, incluso es la misma cosa con una forma todavía más engañosa." Éste es el caso, entre otros, de Vik Muniz o de Wim Delvoye que como Madoz insisten en sus construcciones en el efecto de la apariencia y su irónico resultado visual. Así Delvoye propone, por ejemplo, un suelo que aparenta estar hecho con antigua losa hidráulica de complicados arabescos, y en realidad resulta ser un delicado dibujo realizado con mortadelas y jamones (Marble Floor). Pero al lado de Delvoye y sus preciosas construcciones barrocas, Madoz parece un monje contemplativo. Esta misma sensación tengo cuando intento pensar en su obra dentro de su generación en la escena del arte internacional. Hay multitud de artistas que trabajan con la imagen según los objetivos que propone Pierre Reverdy y en la óptica de Bataille, pero solo Madoz lo hace desde un punto de vista estoico. Madoz realiza siempre un equilibrado ejercicio de contención. Intenta aparecer lo menos posible en su obra y deja que las cosas, los objetos, hablen por él. Por eso los coloca en un espacio neutro y a la distancia justa.
Para ilustrar su forma de trabajo, Chema Madoz realiza por primera vez en esta exposición una experiencia arriesgada: instalar una pieza física en la exposición antes de ser fotografiada. Y es arriesgada porque no es usual que Madoz, acostumbrado al tiempo y al silencio de su estudio y de la naturaleza, tenga que hacer su trabajo en circunstancias tan estrechas; durante el montaje de la exposición y a tiempo para incluir la foto en la portada del catálogo. Ahí se dan citan los fantasmas de todas las ideas, las imágenes, que por una u otra causa nunca llegaron a existir.
La pieza la componen 28 escaleras de madera que unidas entre sí en un ángulo de 15º forman un círculo de grandes proporciones. La pieza permanecerá instalada durante toda la muestra. Después, cumplido el objetivo, sólo quedará de ella su imagen fotográfica.
El gran círculo de escaleras convertido para siempre en otra cosa; tela de araña, sol radiante, o metafísica metáfora de la vida y de la muerte. El círculo contiene los peldaños que llevan por igual a un mismo punto que es el centro y que también es el final.
Esta colección de fotografías de Chema Madoz nos propone por tanto un juego de percepción. Las imágenes nos hablan, nos proponen un paseo por el entendimiento. Pero no se trata aquí de descubrir la solución de un jeroglífico. El enigma está resuelto. Era antes de que el artista descubriera su resolución plástica donde se encontraba en potencia el insondable sentido de las cosas que silenciosas y quietas en el lugar que les adjudicamos, se pasan todo el tiempo hablando.
Madrid, noviembre de 2005
Version en inglés
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